Militancia del nuevo siglo
Breve ensayo sobre el movimiento y la quietud

Introducción
Repasaremos apenas la noción filosófica del ser que yace detrás de los conceptos de movimiento y quietud, la cual ha sido ya tratada a profundidad por diferentes autores a través de la historia, y ahondaremos en una razón más propia de la contemplación, no desde lo ontológico, sino, primero, desde el punto de vista científico, ya que son las ciencias, en el nuevo siglo, las que dominan la razón. Y, segundo, desde el uso de la razón poética, maravillosa disciplina expuesta por la gran escritora María Zambrano. Por lo tanto, el presente ejercicio ensayístico no pretende llegar a una conclusión del ente, la eterna pregunta por el ser que la tradición occidental se ha encargado de estudiar a fondo —desde Heidegger y Kant, hasta Platón vs. Aristóteles y sus antecesores, Heráclito vs. Parménides—, sino que, a través de un recorrido vital de la experiencia humana, tratará de encontrar las preguntas correctas para operar como un disparador de este fenómeno de movimiento y quietud en quien observa, o en otras palabras, en el lector.
El movimiento
La quietud no es lo opuesto al movimiento. Nada está quieto en la existencia, por ende, solo el movimiento existe, pero, ¿qué es, entonces, la quietud? Según Jenócrates, discípulo de Platón, todo surge entre “lo uno”, que constituye la quietud y el bien, y “lo múltiple”, que constituye el movimiento y la maldad. Denis Diderot, el ilustre filósofo y materialista francés, ideólogo de la burguesía revolucionaria del siglo XVIII, concebía el movimiento no solo como un desplazamiento mecánico, sino también como un esfuerzo interno de la materia: “La quietud absoluta es una abstracción: no la hay en la Naturaleza”.
Para el ser humano moderno es “imposible” estar en reposo porque la quietud es nominal solo en la adherencia. Por sí misma no ofrece valor alguno. No “produce”, es intransferible, no se puede heredar y tampoco cede a la apropiación.
El Homo sapiens es, por lo tanto, hijo del movimiento. La quietud es para nosotros un espejismo, una phantasía —la palabra griega tiene su raíz en el verbo phaíno: aparecer, mostrar(se), manifestar(se), hacerse visible—, en cuanto al acto imaginado de estar quietos. Creemos que somos capaces de producir quietud. La quietud, sin embargo, no es una acción, sino ausencia de movimiento y, por ende, ausencia de verbo.
Finjamos por un momento: Ha cesado el deseo, he encontrado lo que buscaba. El ardid último, la maniobra definitiva, es mía. ¿Qué sigue, entonces?
El movimiento pertenece a Eros, padre/madre del deseo. En la obra poética “Teogonía”, escrita por Hesíodo, Eros surge del caos primordial junto a Gea, la tierra, y Tártaro, el inframundo. Para Aristófanes en “Las aves”, Eros brotó de un huevo de Nix, la Noche, concebido por Érebo, la Oscuridad. En los ritos de iniciación del culto a las diosas Perséfone y Deméter, los “Misterios Eleusinos”, Eros fue adorado como Protógono, el primero en nacer. Esta luz primordial es la gran explosión, el brevísimo instante en el que la quietud, lo no-manifiesto, se vierte en la forma o, en otras palabras: se in-forma.
Retomemos: el movimiento es verbo, el verbo es deseo, y corolario del deseo es el movimiento. Aquello que no es quietud no tiene un fin ni tampoco un inicio, es el movimiento hecho origen sobre el cual se teje una red infinita de deseo. La narrativa de la creación, tanto en el mito como en la ciencia, depende de ese “primer movimiento”. De la quietud, lo absoluto, lo innombrable, nace el calor y el movimiento. El movimiento es deseo, el movimiento pre-configura la vida, de ahí la expresión *rigor mortis —*el cambio químico que endurece los músculos tras la muerte—, para simbolizar el final de esta.
Catalogar al deseo como una fuerza abstracta obedece a un juicio automático. Aunque por naturaleza el deseo se mueve en una dimensión inasible, su expresión florece en la materia y a través de la acción. Un ejemplo: Hamlet es una gran obra clásica, parece atemporal, como si su alumbramiento no hubiese ocurrido a través del ordinario acto de escribir. Escuchar el “Carmina Burana”, o “El lago de los cisnes”, de Tchaikovsky, parecen acciones, representaciones fugaces de la naturaleza del deseo. Sin embargo, más allá del insaciable deseo de componer, aquello creado solo entra a la arena de nuestra consciencia a través de la acción. El oído recibe las ondas sonoras, las manos tocan, pulsan las teclas del piano, sienten una y otra vez su peso, escriben, borran, vuelven a escribir y tocan. El deseo, a través de la acción, se transforma en música.
Somos hijos del movimiento, así como lo somos de la materia. El lenguaje, la cultura, el arte, las civilizaciones y nuestra sociedad son objetos producto del movimiento más significativo de los últimos años de evolución en la Tierra, el alborear de la razón.
René Descartes fue el primero en hacer oficial la muerte del reposo: “Pienso, luego existo”, (frase que ahora sabemos ha perdido su contexto completo en la traducción) es una aseveración que se asume como logro, pero que en realidad es la mayor de las ilusiones creadas por el Homo sapiens. La soberanía del movimiento destronó el reposo, porque la actividad incesante de la razón, ahora eje del desarrollo, soterró una dimensión vital en la evolución: la capacidad de existir sin tener un sentido, existir porque sí. Vemos como un hecho irrefutable de la existencia que todo lo que nos rodea tenga un sentido, y olvidamos que somos nosotros quienes adjudicamos a lo que vemos ese sentido. Habiendo olvidado el nacimiento del río, ahora creemos que la corriente del agua se mueve por sí sola. Miramos con desdén la quietud. La despreciamos. Queremos soberanía sobre el espacio y el tiempo, pero somos víctimas del mismo intelecto que nos hace capaces de dotar y entender el sentido y su naturaleza orientada a los símbolos, a los objetos, al movimiento.
Carl Schmitt escribió después de la Primera Guerra Mundial: “Es soberano el que decide sobre el estado de excepción”. Después de la Segunda Guerra Mundial escribiría: “Es soberano el que dispone sobre las ondas del espacio”. Byung-Chul Han elaboró una interesante analogía respecto a la soberanía, como expresión del poder y el movimiento, que involucra esta premisa, y la tradujo a lo acústico. En su libro, “En el enjambre”, escribió: “Es soberano el que tiene la capacidad de engendrar un silencio absoluto, de eliminar todo ruido, de hacer callar a todos de golpe”. Ese silencio absoluto no es otra cosa que la quietud. La quietud es soberana del movimiento.
Diríamos entonces: “Es soberano todo aquel que es capaz de estar quieto”.
La quietud absoluta depende de dos factores: la emancipación de todo sistema y la ausencia de atributos. Esta quietud se considera el estado más puro de la existencia, lo anterior a la realidad. Como esta quietud absoluta es incomprensible —no se trata de una renuncia hedonista o de carácter hermético, sino de un simple proceso lógico—, el que pretende aprehenderla se enfrenta a una paradoja similar al principio de incertidumbre que desarrolló Heisenberg. Por lo tanto, hablamos de su herencia, el reposo.
El Reposo
Para acercarse a la naturaleza del reposo es necesario entender que:
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La sociedad actual no es movimiento, sino compulsión.
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No se comprende la quietud ni se le valora, porque no se comprende la naturaleza del deseo.
La demanda por la inmediatez de la sociedad on-line esteriliza la capacidad de hacer frente a los procesos, es decir: de aceptar velocidad y reposo como parte del desarrollo; la agricultura híper-acelerada y orientada al vértigo del mercado, el desarrollo intelectual cercenado por la tiranía del entretenimiento, la producción sintética, la saciedad inducida químicamente, el mito del éxito deformando nuestra psique y transformando simples pensamientos en elucubradas obsesiones, todos estos fenómenos son simples efectos de la misma causa, la industrialización del Homo sapiens, o mejor, la industrialización del pensamiento, la industrialización de la razón.
Fracasamos al enfrentar la naturaleza mortal de nuestra vida —y con ella, sus debidos procesos: velocidad y reposo—, porque la ilusión de control, el dominio absoluto de la razón crea un problema de autoridad: creemos que la realidad es geocéntrica, y, además, antropocéntrica.
La compulsión o el movimiento exagerado es el desequilibrio de la sociedad. En una entrevista para el medio especializado Hush-Kit, para citar un ejemplo, un piloto estadunidense contó su experiencia a bordo de un F-35, conocido como Panther, el primer avión de combate en incorporar las tecnologías más avanzadas de este milenio, y dijo:
“En la actualidad, estoy presionando la parte incorrecta de la pantalla aproximadamente el 20% del tiempo en vuelo, debido a una identificación errónea o, más comúnmente, a que mi dedo se empuja en turbulencia o en G. Uno de los mayores inconvenientes es que no puedo apoyar la mano contra nada mientras escribo”.
Las pantallas táctiles y, en general, todo el aspecto digital de la nave, incluida la pantalla de visualización y el reconocimiento de voz, aunque novedosos y en alguna medida, funcionales, no mejoran la forma de operar la nave. El problema de velocidad es un problema de contexto. En un cielo hostil, y no un emulador, tales equivocaciones producirían un desenlace fatal.
El diseño cumple una función. Lo estético es primero funcional, y aquello funcional lo es por su relación con el entorno. El movimiento por movimiento genera compulsión. La compulsión, aunque sea una compulsión de la razón, no tiene razón alguna, no tiene lógica, no tiene Logos, no tiene criterio o discernimiento, es solo deseo, deseo desbordado, delirio, o lo que es lo mismo: ausencia de reposo. Pantallas táctiles en todas las superficies no necesariamente significa una evolución o una mejoría. Nuestra compulsión por las pantallas proviene de un deseo: re-producir una imagen de la realidad.
Esta odisea de la imagen, un retrato del movimiento —imagen escrita por el sol—, nace mucho antes de la aparición de Joseph Nicéphore Niépce. Su heliografía “Punto de vista desde la ventana de Saint-Loup-de-Varennes”, producida en 1826, es solo una ola en el movimiento del gran océano del deseo. También lo es el uso que le daban a la plata los egipcios, tiñendo su pelo para que oscureciera al contacto con la luz, o el trabajo de Thomas Wedgwood con las primeras impresiones sobre papeles sensibilizados; hechos remotos, distantes entre sí, pero unidos por el mismo impulso, un oleaje que remueve las fibras más íntimas de la existencia, el deseo.
Del deseo de producir una imagen nació la capacidad de hacerlo. Aquí la naturaleza del proceso es evidente. El deseo no es un objeto, sino movimiento, la raíz de la creación, el Eros de la Grecia antigua, el impulso primordial de la naturaleza. La tiranía de las pantallas radica en el lado no revelado de la imagen, el lado oscuro del deseo. Comprender la naturaleza del deseo requiere observación.
El movimiento por su propia causa adolece de reposo y, sin reposo, la observación es imposible. No se puede interpretar el movimiento, salvo en reposo. Debido a la ausencia de reposo el problema de la sociedad se transforma en un problema de autoría. Sin reposo no hay silencio, y sin silencio no hay espacio. La saturación de la compulsión nos ocupa y es este ocupar lo que traslada nuestra observación a un plano inefectivo.
El cubano Félix Pita Rodríguez, poeta, narrador, ensayista, periodista y crítico literario, escribió: “La poesía es un silencio que alguien de oreja muy fina escuchó”. Esta capacidad auditiva tan sofisticada proviene del reposo. El reposo trae el reconocimiento de otra dimensión. Esto no debe confundirse con cualidades metafísicas de la realidad.
La interacción de ambas fuerzas, movimiento/reposo, busca el equilibrio. De la quietud nace el movimiento, el movimiento se nutre del reposo. En la novela del escritor estadunidense F. Scott Fitzgerald, “El gran Gatsby”, el protagonista y narrador de la novela describe cómo un consejo de su padre: “Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien, ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas”, configura su vida para la reserva. Esta reserva de opiniones logra algo remarcable, llamar la atención de Gatsby y, además, su confianza. El protagonista se describe a sí mismo como un observador, un testigo. Su carácter, aparentemente “en reposo”, afecta continuamente su entorno. El movimiento busca la quietud y ésta a su vez busca en su expresión producir movimiento. Consciente o inconscientemente, Gatsby y el narrador buscan su interacción porque sus ficciones se equilibran.
La Observación
Esta relación de equilibrio es el punto de encuentro de una nueva militancia, la observación. El talento del observador radica en su capacidad de sumergirse. Debido a su actividad parece tímido o retraído, pero su oficio es la trascendencia. Ve todo bajo un lente de abstracción, busca asociaciones y patrones que pueda traducir a contextos más amplios, y, así, unirlos a su actividad intelectual, creando una distancia que produce reposo, un reposo efectivo.
El observador es un militante del tiempo, lento, pero eficaz. Cualquier estímulo sorpresivo activa en él un proceso interior de reclusión. Esto ocurre de forma natural, no hay esfuerzo. Ítalo Calvino, en “Seis propuestas para el próximo milenio”, dedicó una de las cinco conferencias que alcanzó a escribir antes de su muerte, a la rapidez. Esta rapidez no es una compulsión de movimientos, ni un rechazo a la digresión. Es, de forma sucinta, una extensión de la máxima latina, Festina lente: apresúrate despacio. El cuento chino con el que Calvino termina su exposición sobre “la rapidez” ilustra de forma directa la calidad del movimiento que produce el reposo:
“Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. «Necesito otros cinco años», dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo. El cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto”.
Sin embargo, no debe confundirse el reposo con la inercia. El reposo, al ser una proyección, una herencia de algo intraducible, la quietud total, es, en sí mismo, un efecto. La inercia, en cambio, es una tendencia. Su fuente es la ausencia de reposo. Quien observa crea distancia consigo mismo, la distancia optimiza la observación y el potencial de abstracción, estados preponderantes para cultivar el análisis. Mayor cantidad de datos no garantiza una acción efectiva, pero sí aumenta las probabilidades de que esta ocurra. El movimiento que produce el reposo es entonces un movimiento que tiende a la eficacia, contrario a la inercia, que tiende a la inmovilidad. Esta naturaleza habitual, cíclica, es la que genera compulsión.
Imaginación & ocio
En varias ocasiones ayudé a mi padre, un hombre de increíble sensibilidad e inteligencia, que amaba la literatura y las matemáticas, a presentar en el banco los documentos de algunas empresas que dependían de sus servicios. Al llegar a las oficinas, recuerdo, comenzaba mi viaje personal de observación. Mi objetivo final, después de desnudar operativa, mecánica y logísticamente al banco, era robarlo.
Casi todas las personas se pueden relacionar con este mecanismo imaginativo observación/imaginación. En el observador, memoria, imaginación e intelecto, están al servicio del reposo. Nótese que este movimiento es interno, ajeno al fenómeno “externo” de la realidad, el cual podría tratarse como un relato, un evento virtual, una mera interpretación de estímulos.
Durante mis ejercicios de imaginación en el banco, mi narrativa interna se yuxtaponía a la realidad física; en lugar de estar de pie haciendo fila, yo estaba corriendo, huyendo de los gritos y el bullicio de las sirenas. Invertía el orden de la realidad: no eran historias, como en el cerebro y su interacción con el mundo onírico, todo lo que pasaba en ese espacio, era verdad para mí.
Julio Cortázar dictó en la Universidad de Berkeley, en California, Estados Unidos, una serie de clases de literatura dentro de las cuales habló del tiempo desde el marco literario de lo fantástico. Su literatura es un ejemplo de este fenómeno de inversión.
Johnny, el protagonista de “El Perseguidor”, cuyo personaje está basado en Charlie Parker, el legendario músico de jazz, explica a Bruno (el narrador), que ha tenido una experiencia en el metro de París yendo desde Odéon hasta Saint-Germain-des-Prés, un viaje de un minuto y medio en el que él experimenta vivencias que tomaron más de diez minutos en desarrollarse. La historia no es fortuita ni pertenece únicamente al reino de la ficción, pues el propio Cortázar cuenta a los estudiantes cómo le pasó esto mismo viajando en el metro de París. Cada uno de nosotros podría registrar una experiencia como ésta, en la que la realidad interna desplaza totalmente a la externa. La mecánica de este desplazamiento depende del reposo, pues, aunque estos desplazamientos incluyan en sí mismos el movimiento, ocurren siempre en una dimensión latente, una profundidad que por sí misma, por lo que ofrece, por lo que descubre, detiene el río imparable de la razón.
La eficacia de la observación que produce el reposo permite renderizar nuestra percepción con más información, la cual, a pesar de su objetividad, incrementa la conexión de estímulos internos o subjetivos. La compulsión niega el reposo y por lo tanto disminuye la eficacia. El desarrollo es corolario del reposo, de la misma forma que lo es la inhalación de la exhalación y el descanso de la actividad.
Aunque para una sociedad ultra-productiva, la divagación y las distracciones pertenecen al ámbito del ocio, para el Homo sapiens, hacen parte de su desarrollo. Estar libre no solo de ocupaciones laborales, sino estar libre de toda ocupación, es vital para detener el inevitable exterminio con el que termina toda compulsión. Por lo tanto, no hacer nada, en sí mismo —estar en reposo—, es una acción cuyo valor se debe incrementar.
La atención es indivisa en lo que respecta a su enfoque. Nadie que esté ocupado puede “canjear” su atención. Attention is a non-fungible token (la atención es un token que no se puede intercambiar). Por ende, el ocio o la des-ocupación, al ser preconfigurados por el reposo, son catalogados como nocivos por una sociedad enfocada en la ultra-producción. Son considerados enemigos de la sociedad porque “desvían la atención”.
Una sociedad en reposo es una sociedad que observa. Una sociedad que observa es capaz de desplazar la compulsión, una sociedad que desplaza la compulsión es una sociedad que sabe administrar el deseo. En este sentido, la interpolación de realidad interna sobre externa nutre la sociedad: el deseo del individuo altera el colectivo, el desarrollo del individuo es el desarrollo del colectivo. Ambas fuerzas conmutan. En lugar de producir una sociedad que coarta el desarrollo humano, es el desarrollo mismo del Homo sapiens el que debe moldear la sociedad.
La soberanía del movimiento es ineficaz. La meditación, la reflexión o el ejercicio de recopilar información, analizarla y producir pensamiento o debate, son actualmente habilidades o capacidades delictivas, en el mayor de los casos, o insignificantes, a menos que produzcan dinero.
¿Debe el individuo asumir la militancia de la observación? La nueva clase de movimiento que produjo la pandemia del covid-19 —el estado de crisis—, tiene potencial para dos cosas: una compulsión aún mayor y más sofisticada, o una re-significación del reposo. En ese sentido, la desinformación, las políticas extremistas, el uso desmedido y banal de la inteligencia artificial, o una pandemia, tienen todos el mismo carácter letal. Así mismo, del otro lado, ofrecen una segunda lectura. “Ayudemos a la hidra a vaciar su niebla”, dice el poeta y filósofo Mallarmé. La sociedad busca purgar su compulsión. Esto es mecánico, no es algo virtual ni filosófico, sino físico. La hediondez, el letargo, la desidia, atraen la muerte, y, la muerte re-significa.