UX, tecnología y diseño de interfaces en un país tercermundista

Nuestras diferencias culturales y el desarrollo tecnológico juegan un papel importante en la lectura que hacemos del mundo y la tecnología.

Un columpio de madera en una colina de pasto dorado frente al mar, al amanecer. Foto de Jon Eckert en Unsplash.

Escribir en 2013 acerca del diseño y el desarrollo tecnológico en un país tildado de tercermundista resulta inquietante, sobre todo, teniendo la suerte de sentarme a trabajar y compartir con personas que hemos visto un cuadro diferente, tal vez cultural o mediático, de lo que la definición realmente significa.

Según los intelectuales el tercermundismo es una doctrina política, no una realidad; para ellos es una realidad que ya terminó. Los intelectuales son así, tienen una extraña fascinación por vivir realidades simuladas en sus datos, en sus análisis, en sus pensamientos y lecturas, olvidando por supuesto lo que cualquier samaritano podría ver a simple vista luego de haber visitado un país desarrollado y haber regresado a su país de origen. No importa cuánto hayan bajado los índices de la pobreza extrema, ni cuántos en realidad, según sus números, ya no mueran de hambre –como si morir de hambre fuera algo estadístico, algo anecdótico–, la diferencia está ahí, es palpable y es abismal.

Pero, ¿cómo se relaciona el tercer mundo, el mundo desarrollado y el diseño? Pues bien, resulta que me encontré compartiendo el diseño de mi nuevo sitio web con un grupo de usuarios. Para hacerlo más específico, el menú. El menú del sitio iba a estar escondido de la misma forma en que el menú de Facebook, Instagram, Mailbox y otras cuantas apps lo usan: un panel lateral que se muestra al dar clic sobre un icono. Esta acción, la acción de decirle al menú que se muestre, se ejecuta con un símbolo más que universal en las listas de Diseño de Interfaces (UI) y Diseño de Experiencias (UX), la famosa «hamburguesa».

Para mi sorpresa –sí que fue una sorpresa–, solo yo, en esos primeros días, supe cómo acceder al menú. Las personas que vieron el sitio se quedaron con la idea de que yo había construido un «one single page portfolio» que extrañamente, ¡no mostraba ningún portafolio! Incluso un par de amigos en el gremio, tal vez más inclinados hacia el diseño editorial, cayeron presas de esa extraña idea.

—¿Ya viste el menú?— les preguntaba—. ¿Funciona bien en tu navegador? Después de un silencio:

—Ah, claro—respondían—, ahora lo veo.

¿Qué tiene que ver esto con el tercer mundo? Es muy simple. La mayoría de nosotros, diseñadores con varios años de experiencia en el mundo de la tecnología, vemos estos conceptos, tendencias y direcciones mediáticas, y nos relacionamos con ellos desde una perspectiva laboral que, invariablemente, termina siendo un influjo de las expresiones culturales de donde dichos adelantos provienen. Para citar un ejemplo, he tenido varios clientes en Estados Unidos cuyo gusto por lo estético (vamos a denominar así al conjunto de acciones para hacer de un mensaje algo simple, funcional y atractivo), difiere enormemente de los clientes tradicionales de Latinoamérica. En otras palabras, carecen de sentido alguno de la belleza; lo funcional reemplaza por completo lo atractivo. No siendo así con la cultura propia del latino, para quien la belleza tiene que ser no solo opulenta, sino que, además, prima sobre lo funcional. De ahí el hecho de que escriba mucho para adornar cosas que puedo decir en una frase realmente muy simple. Esta aparente incapacidad por la simpleza proviene de un rasgo aún mayor, el poco ejercicio analítico que se desarrolla en las culturas «seguidoras» o «emuladoras» de la vanguardia, pues al no haber un valor propio en el desarrollo y la investigación, nuestra producción es casi nula. Nos dedicamos a copiar y continuar el legado de lo que funciona, lo que llamamos el «mainstream».

¿De quién es el error? era mi pregunta. Estoy diseñando para las personas que potencialmente van a ver mi trabajo, ya sea para conocerlo, contratarme, recomendarme o criticarme. Es decir, estas personas no necesariamente están vinculadas con la tecnología de la forma en la que yo lo estoy. Su relación con sus teléfonos, con sus computadores, con internet, su relación con la interfaz, su forma de relacionarse con los elementos visuales de comunicación, de interacción, es radicalmente diferente a la mía. Y si ellos, a quienes mi sitio va dirigido, no están entendiendo cómo navegarlo, puedo decir que el sitio web fracasa en su aspecto más relevante.

Entre más claro un mensaje, entre más fácil de entender, más elaborado el constructo psicológico, más «realidad» lo respalda y lo hace verídico para nosotros.

No voy a decir que lloré, los diseñadores tenemos fama de ser seres sensibles. La verdad es que trabajando con feedback constante y clientes grandes lo primero que hay que aprender es a desprenderse del trabajo como un artista lo hace con su obra en la eterna labor de corregirla. Es decir, entre más crítica recibe un diseño, mejor se construye, ya que este, al fin y al cabo, es un sistema que representa ciertos campos semánticos con los cuales un grupo de personas ya ha tenido un previo acuerdo. Veamos este concepto con mayor profundidad. Los perfumes no acuden a los conceptos gráficos de la seducción porque sí, hay una razón tras ello; los olores, su rol en la química del romance, lo que esto significa biológicamente para nosotros. Sobre eso se construye un fundamento, una aceptación silenciosa de una verdad comercial. Se traduce en un grupo de imágenes que denotan todos el mismo concepto. El perfume es etéreo, ingrávido, tiene una connotación celestial, debe aparecer la musa, el hombre musculado cual dios griego, la simetría, lo fluido, las telas, el viento, la elegancia, etc. La efectividad se mide, por supuesto, en cuán limpio es el filtro de tales disposiciones. Entre más claro el mensaje, entre más fácil de entender, más elaborado el constructo psicológico, más «realidad» lo respalda y lo hace verídico para nosotros. Otro ejemplo simple que ilustra esta idea es el de Coca-Cola. Todos sabemos cuán dañina es. No hay ningún valor nutritivo en ella, en lo absoluto. Sin embargo, no hay ni un solo hogar en el mundo en donde la asociación de reunión familiar, la sed, la sensación de pertenecer, la alegría de sentirse acogido, ese vigor que se da en la compañía de seres afines, familiares o amigos, no incluya una mesa con un envase de Coca-Cola frío. No importa que haya millones en el mundo que no la tomen, no importa que haya personas cuyas vidas se mantienen alejadas por completo de la bebida. La idea ya tiene raíz, ha sido compartida, aceptada, es real. Aceptamos que Coca-Cola sea una de las marcas más grandes del mundo. Su economía es literalmente un imperio basado en la venta de una alegría, una científicamente comprobada como dañina. ¿Razonamos en esto cuando la tomamos? No, no tendría sentido. Simplemente la disfrutamos; he ahí el logro.

Dos jóvenes con gafas de sol y trajes claros decorados con cartas y cintas, bebiendo Coca-Cola frente a un quiosco rojo pintado con la marca.
Coca-Cola — foto de Breston Kenya en Pexels

Así que seguí probando la navegación con otro grupo de usuarios. La data se empezó a dividir. Obvio, cada persona con la que trabajo accedió inmediatamente al menú sin mayor problema. Aquí empieza mi viaje al artículo en sí, porque en etapa de prototipo, el sitio en realidad estaba dirigido más a diseñadores, gente del medio y posibles start-ups que estuvieran buscando diseñadores a futuro. Pero, en su construcción, tampoco debía dejar por fuera a toda la otra gente que no perteneciese al círculo de la tecnología y el diseño.

Cualquier diseñador de interfaces me diría que un simple indicador que alertara al usuario de la navegación podría solucionar este problema; lo cual es cierto. Pero el fracaso de mi navegación me llevó a cuestionar el tema junto a un grupo de colaboradores de la siguiente forma:

Un canal que atraviesa una ciudad al atardecer, con edificios a ambos lados y varias personas caminando por el sendero junto al agua.
Corea del Sur — foto de Ethan Brooke en Pexels

En Seúl, Corea del Sur, en el año 2011, Tesco inició un programa de expansión de sus tiendas –la organización es la segunda más grande en ese país, teniendo tiendas (supermercados) en varias ciudades–. Su programa consistía en instalar en las estaciones del tren góndolas virtuales con fotos de los productos, iluminación y un código QR para cada producto, emulando a su contraparte en los supermercados físicos. Gaseosas, carnes, lácteos y demás, todos en un poster grande protegido por vidrio e incrustado en las paredes donde cientos y miles de personas caminan todos los días.

La gente se bajaba del tren, sacaba su smartphone, el teléfono leía el código del producto que quería, una aplicación lo guiaba por el proceso de compra y el producto era entregado en su domicilio. ¿Fácil, no? Bastante fácil, bastante simple. De hecho, creo que es uno de los mejores usos de los códigos QR que he visto hasta ahora (mentira, el uso de códigos QR que implementó Bancolombia en su aplicación Nequi, en el 2020, los supera).

Vea aquí el video de Tesco

Esta gente tiene una cultura de trabajo diferente. Poco tiempo para ir de compras a un almacén y una economía muy fuerte y competitiva. Según los datos del 2013 son la 13.ª economía más grande del mundo (según el PIB y la PPA) y está clasificado como país desarrollado por la ONU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). También se encuentra entre los países más avanzados tecnológicamente y mejor comunicados; es el tercer país con mayor número de usuarios de Internet de banda ancha entre los países de la OCDE, siendo también uno de los líderes globales en producción de aparatos electrónicos, dispositivos semiconductores y teléfonos móviles.

Infraestructura, economía y desarrollo son una poderosa combinación. El ejercicio fue todo un éxito. Tesco logró ampliar su cobertura con tiendas que no requerían mucha inversión. Las ganancias fueron positivas. No sé si hasta la fecha de hoy estas tiendas siguen existiendo. En todo caso, fueron y son un ejemplo de éxito. Luego de ver esto mi pensamiento fue el de crear algo semejante aquí, en Latinoamérica. En esa reunión con el grupo de desarrolladores y amigos, la conclusión fue: por lo menos aquí, en Colombia, la gente no está lista para esto. Vi mi sitio, pensé en el menú, pensé en mis usuarios. «Es cierto», dije. Dos días después, con la cabeza fría, me di cuenta. Si no estamos listos para algo como esto, por lo menos tenemos que alistarnos.

Silicon Valley no es un sitio físico, Silicon Valley es un conjunto de elementos que funcionan muy bien: dinero, talento, infraestructura.

El primer paso para estar listos es dejar de pensar en Bogotá, Lima, Buenos Aires, hay que pensar en Latinoamérica. No por una cuestión ideológica, sino porque el conocimiento se desarrolla siempre con base al «pivoteo» en previos conocimientos. Así se hace ciencia, se escriben ensayos con base en otros ensayos, en otras investigaciones. Se revisan, se duplican los resultados, y luego se establece una base sobre la cual se puede continuar. Así se crea el conocimiento. Y si un solo país de Latinoamérica es muy pequeño o muy sesgado para sobresalir, un conjunto de países puede ayudar a vencer tales disposiciones. El segundo paso sería dejar de creer en los mitos del emprendedor tecnológico, como por ejemplo que Silicon Valley es un sitio físico, Silicon Valley es un conjunto de elementos que funcionan muy bien. Dinero, talento, infraestructura… algo parecido a Corea del Sur. Digo esto de Silicon Valley porque como mencionó @freddier el jueves pasado en #mejorandola (actual Platzi), existe la creencia errónea de que solo ahí se producen las buenas ideas. Bogotá no tiene todo esto, pero Latinoamérica sí. Ya, en este mismo año (2013), hay casos de esta clase de pensamiento, de esta calidad de productos y servicios ocurriendo en nuestros territorios. Aquí cito algunos:

  • Mejorando.la (actualmente Platzi): mi principal fuente de información y aprendizaje, es una comunidad internacional de gente de internet haciendo internet.
  • WeHostels: aplicación que compite en el mercado de Airbnb, ubicando hostales y lugares de hospedaje para personas que buscan algo diferente al Hilton.
  • Apps.co: iniciativa del gobierno colombiano para incentivar la creación de aplicaciones móviles, como esta, hay varias en otros países.
  • ManGo: aplicación colombiana para managers de ventas y negocios.

Como estos desarrollos hay muchos, muchísimos más que yo ni siquiera conozco. Así que, volviendo a la premisa del artículo, volviendo a esa reunión, a mi menú y a Tesco, escribir, hablar y crear en el ámbito del diseño y el desarrollo tecnológico en este continente, no es realmente un problema, es una apuesta por algo grande. Una posibilidad que día a día viene creciendo, solo depende de nosotros estar lo suficientemente despiertos y atentos para permanecer listos, listos para convertir un escenario poco probable, en estado beta, a una gran oportunidad de expansión y crecimiento. Para no solo escribir o hablar de ella, sino crear a partir de ella, y así, continuar difundiendo el desarrollo propio de nuestra cultura.

Actualización, 2020. Ahora, siete años y una pandemia después de haber escrito este artículo, la realidad es otra. Ya no hay escape, ya no hay excusa, la virtualidad hace parte de nuestras vidas incluso en los países en vías de desarrollo, lo cual, en sí mismo, demuestra el potencial de la tecnología y cuán rápido se ha integrado en nuestra vida cotidiana.

Tal vez esto amerite escribir un nuevo artículo, ¿será? Tal vez una continuación. Veremos.